sábado, 21 de marzo de 2020

Para la libertad - Miguel Hernández

Para la libertad, sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.
Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho. Dan espumas mis venas
y entro en los hospitales y entro en los algodones
como en las azucenas.
Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.
Retoñarán aladas de savia sin otoño,
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño
y aún tengo la vida.

Miguel Hernández 

miércoles, 11 de marzo de 2020

POR LOS CAMPOS DEL AZAFRÁN - J.C. García Hoyuelos

Tierra parda, molinos en el horizonte,
miles de flores de color violeta
asoman al mismo tiempo, a contrarreloj,
anticipándose al presagio de la mañana.

Cada quince años,
cuando los rayos solares
pierden su hegemonía, caminan mansos
entre los edictos del almanaque,
los campos en barbecho
se adornan con collares de amatista.
Será por un día, tan sólo un día.

Y, después, en el mondeo de pétalos,
con cada flor
tres pistilos de rojo intenso,
arenga de crocina,
aroma y sabor, a fuego lento.

En los fogones, en la mesa,
La Mancha sabe a gazpacho,
a aliño de aceite,
a queso y a especia,
se empapa en una cuchara de madera.

Juan Carlos García Hoyuelos
(poema incluido en el libro inédito "La bandera arriada", cuya publicación se estima para primavera de 2020). Foto bajada de internet.


jueves, 20 de febrero de 2020

CUMBRES GÓTICAS - Juan Carlos García Hoyuelos

El Arlanzón no se hace manso
por haber sido domado
tierras arriba, aún lozano,
con dos ramales de hormigón
y una montura de borrenes verdes,
sino para ver enhebradas en su piel
las cumbres góticas de la catedral. 

Es comprensible, muy lógico, 
nada ni nadie se escapa a su hechizo,
tampoco los sauces del Paseo del Espolón
cuyas trenzas tiñen de colores estacionales el agua.
Yo mismo, por muchas veces
que cruce el Arco de Santa María
la costumbre no elude
ese placentero escalofrío
que recorre por todo mi cuerpo
y deja mudos de argumentos
a aquellos pasos que, por urgidos, 
no hacen la obligada pausa,
dejando atrás mi mirada, o tal vez sea 
lo más parecido a lo que ellos llaman el alma,
que se embelesa ante la irrefutable armonía 
entre el cielo y la acicalada piedra 
que se enrosca hasta sentirse esbelta,
un puerto donde fondea la niebla.

Juan Carlos García Hoyuelos 
(poema incluido en el libro inédito "La bandera arriada", cuya publicación se estima para primavera de 2020).





viernes, 31 de enero de 2020

A Rafael Alberti – Poema de Rosa Chacel


Cuando la mar esté bajo tu almohada
¡Alegría de turbas infantiles!
¡Triunfo de los egregios, varoniles
pámpanos que estremece la alborada!

Frutos dará la náyade dorada
que llamea en los ínclitos candiles
y en sus perlas de amor claros abriles
hervirán al compás de tu mirada.

¡Qué ventura te aguarda en el impacto
si alcanzar logras la divina orquesta!
Tu frente surtirá con el contacto

de la escondida nuez templada y presta
que a trompa airada vibrará en el acto.
¡La vida es gracia y el reír no cuesta!

Rosa Chacel


El préstamo - Poema de Francisca Aguirre

A Esperanza y Manuel Rico

Apenas si veía pájaros.

Se oían voces y ruidos de vasos,
y una música triste, derrumbada,
una canción distinta, pero intensa.
Todo se hallaba absurdamente detenido
dentro de una burbuja de desdicha,
de distancia sin aire, de muralla de hielo.

Y la niebla besaba largamente
aquel rincón del mundo en que te hallabas,
aquella esquina mísera y absurda
desde la que mirabas hacia fuera,
hacia un lugar inhóspito y aislado,
un sitio que te rechazaba,
donde tú no existías,
donde nadie entendía tus palabras,
un sitio en donde sólo se podía llorar,
llorar como esa niebla que todo lo cubría.

Como una gasa vieja
aquel opaco manto te ocultaba
detrás de los cristales.
Allí, lejos del sol y falta de tu idioma
tu acorralada infancia descubrió
el castigo del abandono.

Cayó la noche sobre las aceras
como un charco de tinta:
apoyaste la frente en los cristales
y lloraste despacio en español.
Unos niños cantaban a lo lejos:
'Au clair de la lune/
mon ami Pierrot/
prete moi ta plume/
pour écrire un mot'.

Y con la pluma que ellos te prestaron
has venido escribiendo sin reposo
la palabra tristeza.

Francisca Aguirre 

viernes, 8 de marzo de 2019

Hace tiempo - Poema de Francisca Aguirre

A Nati y Jorge Riechmann

Recuerdo que una vez, cuando era niña,
me pareció que el mundo era un desierto.
Los pájaros nos habían abandonado para siempre:
las estrellas no tenían sentido,
y el mar no estaba ya en su sitio,
como si todo hubiera sido un sueño equivocado.
Sé que una vez, cuando era niña,
el mundo fue una tumba, un enorme agujero,
un socavón que se tragó a la vida,
un embudo por el que huyó el futuro.
Es cierto que una vez, allá, en la infancia,
oí el silencio como un grito de arena.
Se callaron las almas, los ríos y mis sienes,
se me calló la sangre, como si de improviso,
sin entender por qué, me hubiesen apagado.
Y el mundo ya no estaba, sólo quedaba yo:
un asombro tan triste como la triste muerte,
una extrañeza rara, húmeda, pegajosa.
Y un odio lacerante, una rabia homicida
que, paciente, ascendía hasta el pecho,
llegaba hasta los dientes haciéndolos crujir.
Es verdad, fue hace tiempo, cuando todo empezaba,
cuando el mundo tenía la dimensión de un hombre,
y yo estaba segura de que un día mi padre volvería
y mientras él cantaba ante su caballete
se quedarían quietos los barcos en el puerto
y la luna saldría con su cara de nata.
Pero no volvió nunca.
Sólo quedan sus cuadros,
sus paisajes, sus barcas,
la luz mediterránea que había en sus pinceles
y una niña que espera en un muelle lejano
y una mujer que sabe que los muertos no mueren.
Francisca Aguirre

sábado, 5 de enero de 2019

Las abarcas desiertas - Poema de Miguel Hernández


Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas

Miguel Hernández



sábado, 22 de diciembre de 2018

Sol de invierno - Antonio Machado


Es mediodía. Un parque.
Invierno. Blancas sendas;
simétricos montículos
y ramas esqueléticas.

Bajo el invernadero,
naranjos en maceta,
y en su tonel, pintado
de verde, la palmera.

Un viejecillo dice,
para su capa vieja:
«¡El sol, esta hermosura
de sol!...» Los niños juegan.

El agua de la fuente
resbala, corre y sueña
lamiendo, casi muda,
la verdinosa piedra.

Antonio Machado