viernes, 31 de enero de 2020

A Rafael Alberti – Poema de Rosa Chacel


Cuando la mar esté bajo tu almohada
¡Alegría de turbas infantiles!
¡Triunfo de los egregios, varoniles
pámpanos que estremece la alborada!

Frutos dará la náyade dorada
que llamea en los ínclitos candiles
y en sus perlas de amor claros abriles
hervirán al compás de tu mirada.

¡Qué ventura te aguarda en el impacto
si alcanzar logras la divina orquesta!
Tu frente surtirá con el contacto

de la escondida nuez templada y presta
que a trompa airada vibrará en el acto.
¡La vida es gracia y el reír no cuesta!

Rosa Chacel


El préstamo - Poema de Francisca Aguirre

A Esperanza y Manuel Rico

Apenas si veía pájaros.

Se oían voces y ruidos de vasos,
y una música triste, derrumbada,
una canción distinta, pero intensa.
Todo se hallaba absurdamente detenido
dentro de una burbuja de desdicha,
de distancia sin aire, de muralla de hielo.

Y la niebla besaba largamente
aquel rincón del mundo en que te hallabas,
aquella esquina mísera y absurda
desde la que mirabas hacia fuera,
hacia un lugar inhóspito y aislado,
un sitio que te rechazaba,
donde tú no existías,
donde nadie entendía tus palabras,
un sitio en donde sólo se podía llorar,
llorar como esa niebla que todo lo cubría.

Como una gasa vieja
aquel opaco manto te ocultaba
detrás de los cristales.
Allí, lejos del sol y falta de tu idioma
tu acorralada infancia descubrió
el castigo del abandono.

Cayó la noche sobre las aceras
como un charco de tinta:
apoyaste la frente en los cristales
y lloraste despacio en español.
Unos niños cantaban a lo lejos:
'Au clair de la lune/
mon ami Pierrot/
prete moi ta plume/
pour écrire un mot'.

Y con la pluma que ellos te prestaron
has venido escribiendo sin reposo
la palabra tristeza.

Francisca Aguirre 

viernes, 8 de marzo de 2019

Hace tiempo - Poema de Francisca Aguirre

A Nati y Jorge Riechmann

Recuerdo que una vez, cuando era niña,
me pareció que el mundo era un desierto.
Los pájaros nos habían abandonado para siempre:
las estrellas no tenían sentido,
y el mar no estaba ya en su sitio,
como si todo hubiera sido un sueño equivocado.
Sé que una vez, cuando era niña,
el mundo fue una tumba, un enorme agujero,
un socavón que se tragó a la vida,
un embudo por el que huyó el futuro.
Es cierto que una vez, allá, en la infancia,
oí el silencio como un grito de arena.
Se callaron las almas, los ríos y mis sienes,
se me calló la sangre, como si de improviso,
sin entender por qué, me hubiesen apagado.
Y el mundo ya no estaba, sólo quedaba yo:
un asombro tan triste como la triste muerte,
una extrañeza rara, húmeda, pegajosa.
Y un odio lacerante, una rabia homicida
que, paciente, ascendía hasta el pecho,
llegaba hasta los dientes haciéndolos crujir.
Es verdad, fue hace tiempo, cuando todo empezaba,
cuando el mundo tenía la dimensión de un hombre,
y yo estaba segura de que un día mi padre volvería
y mientras él cantaba ante su caballete
se quedarían quietos los barcos en el puerto
y la luna saldría con su cara de nata.
Pero no volvió nunca.
Sólo quedan sus cuadros,
sus paisajes, sus barcas,
la luz mediterránea que había en sus pinceles
y una niña que espera en un muelle lejano
y una mujer que sabe que los muertos no mueren.
Francisca Aguirre

sábado, 5 de enero de 2019

Las abarcas desiertas - Poema de Miguel Hernández


Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas

Miguel Hernández



sábado, 22 de diciembre de 2018

Sol de invierno - Antonio Machado


Es mediodía. Un parque.
Invierno. Blancas sendas;
simétricos montículos
y ramas esqueléticas.

Bajo el invernadero,
naranjos en maceta,
y en su tonel, pintado
de verde, la palmera.

Un viejecillo dice,
para su capa vieja:
«¡El sol, esta hermosura
de sol!...» Los niños juegan.

El agua de la fuente
resbala, corre y sueña
lamiendo, casi muda,
la verdinosa piedra.

Antonio Machado



jueves, 20 de diciembre de 2018

VERSOS PARA LAURA LUELMO - Juan Carlos García Hoyuelos

Demasiado dolor para preguntar
por los gritos desatendidos del bosque,
demasiado dolor sin respuesta, en vigilia,
a causa de una mala hierba de hojas punzantes.

Te resististe, le plantaste cara.
Los que dudan del llanto, de la palabra,
del miedo domando una falda,
hoy callan, esos cobardes callan.
Se apagó tu voz, y pese a ello habrá
quienes sigan alimentando
los puntos suspensivos, los matices,
seguirán royendo los hechos consumados
ante la ambigüedad intencionada de las leyes.

No es no, un rotundo no,
¿tan difícil es de entender?;
se pronuncie nítidamente o en voz baja,
o acaso presa del pánico, maniatada,
se someta en silencio, tiritando,
-sólo con pensarlo, yo también enmudezco-
al gemido nauseabundo de un mal nacido,
o al de una manada que jalea
mientras graban su repugnante hazaña.

No es no, lo demás es violación.
No es no, ni una mujer menos.

Juan Carlos García Hoyuelos
** ilustración que Laura Luelmo subía este pasado 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.



miércoles, 19 de diciembre de 2018

Testigo de excepción - Poema de Francisca Aguirre

Un mar, un mar es lo que necesito.
Un mar y no otra cosa, no otra cosa.
Lo demás es pequeño, insuficiente, pobre.
Un mar, un mar es lo que necesito.
No una montaña, un río, un cielo.
No. Nada, nada,
únicamente un mar.
Tampoco quiero flores, manos,
ni un corazón que me consuele.
No quiero un corazón
a cambio de otro corazón.
No quiero que me hablen de amor
a cambio del amor.
Yo sólo quiero un mar:
yo sólo necesito un mar.
Un agua de distancia,
un agua que no escape,
un agua misericordiosa
en que lavar mi corazón
y dejarlo a su orilla
para que sea empujado por sus olas,
lamido por su lengua de sal
que cicatriza heridas.
Un mar, un mar del que ser cómplice.
Un mar al que contarle todo.
Un mar, creedme, necesito un mar,
un mar donde llorar a mares
y que nadie lo note.

Francisca Aguirre

viernes, 23 de noviembre de 2018

Ninguno de los dos supo llamarlo amor - Poema de Juan Carlos García Hoyuelos

Aunque nuestra pasión hizo jirones
la blusa de la luna
y cubrió el techo de perseidas,
como la nieve
nos fuimos poco a poco
retirando de las montañas.

Ninguno de los dos
supo llamarlo amor.

Fue tan fácil: tú y yo,
más que amigos,
sudor híbrido,
espuma jaleada por la anarquía.

Y, sin embargo, el alba
a falta de hallar el sustento
en nuestras bocas,
tuvo que alimentarse
de los ruidos de la calle.

Tal vez si uno de los dos
lo hubiese llamado amor…

Por qué negarlo,
sigo echándote de menos.
El orgullo no consuela los silencios.

Puede que no haya
estado enamorado de ti, no lo sé,
pero… si tú te hubieses
atrevido a llamarlo amor,
ahora no estaría rescatando
tu nombre de la playa.

Juan Carlos García Hoyuelos